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Entre Quebradas y Carnaval

El primer contacto con la provincia de Jujuy se produce en su capital San Salvador, que si bien no tiene el esplendor de su vecina salteña, es muy atractiva también. Los edificios más representativos se encuentran nucleados alrededor de la Plaza principal, como la Casa de Gobierno, donde se guarda –en el Salón de las Banderas- las gloriosas insignias del Ejercito del Norte, victorioso bajo el mando del Gral. Manuel Belgrano. Asimismo, la Catedral y la Casa-Museo, donde fue asesinado el Gral. Lavalle nos llaman la atención, antes de seguir camino hacia el norte. Los cerros, guanacos y llamas son los dueños del paisaje que acompaña nuestro recorrido hacia la Quebrada de Humahuaca. Yala, Volcán y Tumbaya son los pequeños pueblos que dejamos atrás, antes de deleitarnos con la colorida Purmamarca, “Pueblo de la Tierra Santa” en lengua Aymará.
A 65 Km de San Salvador, el poblado de origen pre-hispánico mantiene su trazado urbano en torno a su iglesia principal de llamativo estilo Clásico Quebradeño, de nave única y angosta, con imágenes en su interior y pinturas cuzqueñas del siglo XVIII. Declarada Monumento Histórico Nacional en 1941, la iglesia local (1648) no representa, empero, el referente más significativo de Purmamarca. Esa función le corresponde al mundialmente famoso Cerro de Siete Colores. La razón dirá que los diversos minerales de la zona fueron dándole esa particular característica poli cromática. En cambio, la emoción nos hará saber que semejante obra de arte es sólo producto de nuestra imaginación y que realmente ese cerro no esta allí desde hace miles de años. Observarlo resulta sumamente impactante.
Una vez visitada la pequeña Purmamarca, podemos imaginar una visita extra siguiendo la ruta provincial 56, que nos acerca a las Salinas Grandes, a 3800 mts. de altura y en ruta directa hacia el Paso de Jama. La peligrosa Cuesta de Lipan, que nos “invita “ a ascender unos 2000 mts. en apenas 4 Km, se transforma en la montaña rusa que nos devuelve la emoción. La Puna, encerrada entre las elevaciones de la Quebrada y las alturas de los Andes, es la única escenografia que nos rodea, mas allá de algunas pequeñas casas de adobe, y las pintorescas vicuñas del lugar. Allí, en invierno, la temperatura alcanza los 15 grados bajo cero, durante la noche y ráfagas de viento de hasta 60 km/h, durante el día. Clima con el que convi
ven los campesinos que trabajan con sus llamas y guanacos y los trabajadores que “raspan” el suelo, recolectando la sal.Volviendo al trayecto inicial de la Quebrada, retomamos la ruta nacional 9 y luego de superar Maimara, la historia nos ayuda a entender y disfrutar la belleza de Tilcara. Los deudos de un muerto que ya lleva más de un siglo de desaparecido, se arremolinan tranquilos y respetuosos, en la puerta de la entrada al templo Nuestra Señora del Rosario, una pequeña iglesia de los tiempos de los colonizadores. En 1841, los baqueanos velaban al Gral. Juan Lavalle, asesinado por tropas federales. Nadie quería que sus enemigos se robaran su cuerpo y los vecinos pusieron el suyo para defenderlo.
A 2461 mts. de altura, recostados sobre el trópico de Capricornio, Tilcara se encarga de demostrarnos porque es la Capital Arqueológica de Jujuy. Construcciones de piedra, con techos de “torta” de barro y paja asentados sobre tirantes de cardon ocupan la mayor superficie de una de las ruinas más visitadas en la Argentina. El Pucara de Tilcara.
En permanente restauración desde 1908, situado en un morro de tierra de 90 metros de alto y con 16 hectáreas de superficie, se supone que el Pucara fue habitado por diversas tribus, entre los años 1000 y 1480 D.C. Los Omaguacas, Tilcaras, Uquias y Fiscaras se repartieron la tenencia del lugar a lo largo de los años y es a ellos a quienes la mayoría de las localidades jujeñas, deben sus nombres.

El homenaje que el pueblo tilcareño brinda a la Virgen De Punta Corral, en Semana Santa, es tan mítico como real. Durante los festejos, los promesantes, acompañados por una banda de Sikuris, bajan la imagen de la Virgen desde lo alto de un cerro hasta el pueblo mismo. La procesión se ve coloreada por las enormes ermitas que los vecinos hacen cada año con flores y frutos secos. Igual que la Virgen de Punta Corral, la Pachamama (Madre Tierra) vive en el alma y corazón jujeños.
Año a año y durante todo el mes de agosto, le rinden homenaje de distintas formas, dependiendo de cada familia, aunque el rito es mayormente el mismo. Antes de que cada familia se siente a la mesa, hacen un pozo en el fondo de sus pequeñas casas con techos de paja o adobe y (tras humearlo) depositan allí alimentos, bebidas, huesos de caballo, llama o vicuña, hojas de coca, etc. Una vez terminada la comida, el jefe de familia tapa el pozo con tierra y no es abierto sino hasta el año entrante. La aparición sana o la desaparición absoluta de alguno de los objetos, determinara si esa será una buena temporada para la cosecha de maíz, o si algún integrante de la familia morirá u otras predicciones que, según cuentan ellos, siempre se cumplen.
“Pachamama.... madre tierra...no
me lleves todavía...que aun yo soy

joven y no sembré mi semilla...” entona una de las coplas que eternamente identificara al pueblo jujeño.
La Quebrada nos muestra, sobre el final de nuestra travesía, el pueblo que le dio vida y que constituye su centro. Humahuaca. Situado a 126 Km de San Salvador, con una altura cercana a los 3000 mts., aparece como la gran vedette de la zona, protagonizando el Carnaval Humahuaqueño, festividad que se extiende por 8 días, todos los meses de febrero y que va conformada por conjuntos musicales y comparsas que interpretan sus instrumentos típicos –cajas, erkenchos, quenas, etc- rindiendo homenaje a la Virgen del Lugar y, desde luego, a la Pachamama.
Pero Humahuaca no es sólo Quebrada y Carnaval, también forman parte de su patrimonio, El Monumento a la Independencia, la Iglesia del siglo XVI, y todo el asombro que nos provoca este reducto quebradeño, de calles angostas y dueño de una inagotable belleza natural. Separados por apenas 163 Km de La Quiaca, en el limite con Bolivia, nuestro paraíso viajero había llegado a su fin.
No era necesario decir nada más. Lo que habíamos vivido bastaba para el asombro y la cordura. El Norte nos había regalado la bastedad de su inmensidad. Su esplendor, su historia, la calidez de su gente y su inabarcable belleza. Pedirle más, hubiese sido una utopía.



Mauro Damián Nazer
Periodista. Estudiante del 3er. año de la Lic. en Turismo de la UAI.


 
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