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Continuar camino, en ómnibus o automóvil, cuesta arriba, significa emocionarse con la Quebrada de la Flecha, entre los poblados de San Carlos y Angastaco, recorrer la incomparable Cuesta del Obispo, que nos sorprende con su Valle Encantado. Allí se encuentra una laguna engarzada entre prados de altura y caprichosas formaciones rocosas que la lluvia, el viento y el inevitable paso del tiempo se encargaron de eternizar. Es un lugar donde las nubes acunan un suelo muy cerca de Piedra del Molino (3400 mts.), camino a Cachi.
Algunos cóndores bebiendo de los bebederos naturales, un puñado de guanacos y vicuñas y el colorido de los cerros, coquetean con nuestro asombro. Molinos se convierte en la próxima parada, deslumbrándonos con su iglesia parroquial (1639), sus casas de adobe, sus ruinas indígenas de la tribu de los Chicoanas y la paz característica de un poblado con menos de 3000 habitantes. Pero Molinos representa sólo la antesala de nuestro verdadero objetivo. El Nevado de Cachi.
Al fondo del Valle Calchaquí y a casi 2300 mts. de altura Cachi deslumbra con su Nevado o “Blanco Peñón de la Soledad”, con nueve cumbres, una de las cuales alcanza los 6720 mts. transformándose en uno de los puntos más altos de Latinoamérica. Ya dentro del Parque Nacional Los Cardones, el esplendor de la diversidad paisajística no hace mas que seducirnos. Su nombre (Cachi) tiene un origen lógicamente indígena. Cuentan los lugareños, que los Chicoanas suponían que aquel montículo de nieve que adornaba la cumbre del “Nevado’era apenas un puñado de sal. Y cachi, en idioma aborigen, significa justamente sal.
La Ruta Provincial 33 es el corredor que trasladara nuestras ilusiones viajeras hasta Salta capital, dejando de lado la inmensidad de los Valles intermontanos. Una vez superado el viaje plagado de curvas, contra curvas y cornisas, es tiempo de involucrarnos con las costumbres salteñas. Unas típicas empanadas de carne cortada al cuchillo, acompañan nuestro primer almuerzo en “La Linda”, que continua con un emblemático cabrito a la parrilla y su correspondiente vino torrontes.
Tras empacharnos en buena forma, es tiempo de subirnos a las coquetas aerosillas que nos elevaran hasta los 1600 mts. que posee el cerro San Bernardo, desde el cual lograremos tener una vista panorámica de toda Salta. En pleno centro de la ciudad se encuentra la plaza principal donde es posible apreciar varios de los edificios fundacionales como su
nueva catedral (1882) emplazada en el mismo terreno, donde se derrumbó su antecesora, tras el terremoto de 1854. El nuevo edificio, concebido dentro de la corriente italianizante, tiene planta rectangular de tres naves, profundo presbiterio y un ábside semicircular que contiene al magnífico altar mayor, diseñado por el R.P. Luis Giorgi. El crucero desborda espacialmente en altura con la presencia de la cúpula central, de alto tambor y linterna terminal. Las naves laterales, más bajas, permiten el ingreso de luz natural a través de vitreaux. Sobre el portal de acceso se eleva un cuerpo central de ornamentación barroca, transformándola en una de las catedrales más imponentes de Sudamérica, digna de haber permanecido en ella poco más de una hora. El Cabildo representa también una porción de la rica historia salteña. Actual sede del Museo Histórico del Norte, el edificio construido hacia fines del siglo XVIII, fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1937. Contribuyeron al valor histórico de esta casa, la constante adhesión a la causa de la Independencia y el apoyo que prestó a la campaña del general Manuel Belgrano.
Entrada la tarde, el tiempo nos juega en contra y las visitas al Convento San Bernardo, la Iglesia San Francisco y el Monumento al Gral. Guemes son casi fugaces.

La noche salteña nos empuja hacia una de sus tradicionales peñas, donde unos sabrosos tamales y varios vasos de tinto, son testigos de nuestra alegría. El famoso “Boliche Valderrama”, es el lugar elegido, donde unos cuantos gringos, algunos palladores y el más autóctono folclore local, conforman la propuesta nocturna. Que sólo tocaría su fin al amanecer, cuando hasta las coplas y bagualas se habían dormido.
Uno de los referentes salteños en el mundo, es, definitivamente, el mítico
Tren a las Nubes, del que no podíamos estar ajenos en nuestra travesía norteña. Es preciso madrugar, para poder ubicarse en uno de los casi 600 asientos que tiene el convoy, cuando sale con su formación completa. Mas de 1400 curvas, 13 viaductos, 31 puentes, 21 túneles y la imponencia de las “pinturas” que se ven desde los cómodos vagones, forman parte del desafío de este recorrido que tiene como punto de inicio la vieja estación de trenes salteña, desde donde partimos a las 7 de la mañana, aun de noche, fastidiosos y con sueño. Pero con la expectativa de encontrarnos con lo que finalmente hallamos. Una de las obras de ingeniería, mezcladas con la magia de la naturaleza, más maravillosas del mundo, alcanzando

los 4200 mts. de altura. El ingeniero Maury, allá por la década del ’30, fue el padre de la criatura, que por cierto es argentina.
El tren deja la capital para internarse en el Valle de Lerma, donde los campos de maíz y tabaco atestiguan nuestro paso. La pintoresca villa veraniega de Campo Quijano sirve de trampolín para comenzar el verdadero ascenso hacia Los Andes. Es allí, donde las bocas comenzaran a abrirse asombradas para no cerrarse sino hasta el final del viaje.
Los “zig-zags” en Chorrillos (2100 mts.) y los “rulos” en las ruinas de Puerta Tastil (2700 mts.) asombran por la exactitud de su diseño y por el estado de conservación de vías y durmientes, a pesar del paso de los años. La locomotora recién detendrá su marcha una vez atravesada la Quebrada del Toro, que acompaña el paso del río homónimo. El punto elegido por nuestro maquinista para el descenso es el poblado de San Antonio de los Cobres. Ubicado a unos 3800 mts. de altura, distante 165 Km de la capital, y en plena puna salteña cercana al Paso de Sico que nos comunica con Chile, el pueblo alberga a casi 4000 nobles y humildes habitantes que nos reciben de manera tan amena como emocionante. Apenas la escuelita, la iglesia y la estación de tren local sirven de escenario para darle un marco aun más tierno al breve contacto con la gente del lugar. Los chicos, con sus pies descalzos y su piel curtida por el frío y el viento, componen la antesala de las inevitables lagrimas posteriores.
Finalmente, la formación ferroviaria retoma su marcha con el objetivo de arribar al destino final, el Viaducto La Polvorilla, emplazado a 4200 mts. de altura. La emoción nos consume.. la sensación de estar “llegando al sol” vibra dentro nuestro...sentir como las nubes acarician nuestras almas, mientras el tren baja la velocidad para permitirnos disfrutar en cámara lenta de esta maravilla. Luego de recorrer los casi 250 mts. de largo que posee el Viaducto y tras superar el escalofrío que significa sentirse “en el aire” y a 220 mts. del suelo salteño, la aventura alcanza su pico de mayor emotividad.
El resto sólo fue emprender el regreso hacia la capital de la provincia, transitando el mismo recorrido que durante la ida, claro que con algo mas de fastidio, producto de las horas de viaje. Pero con la satisfacción de haber viajado en el “Tren del Cielo”. Suficiente para dejar Salta con el alma contenta y tomar la ruta nacional 9 hacia el norte con destino jujeño.


 
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