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Diagnóstico

Los actos patrióticos son aburridos, suelen argumentar los alumnos, en especial los adolescentes.
Y a causa de ello adoptan durante su transcurso actitudes desganadas que reflejan la falta de interés por los valores representados y el no reconocimiento de los hechos que se recuerdan. Por otra parte, es preciso reconocer que la dinámica de los actos tampoco favorece la motivación de los asistentes ni es capaz de despertar emociones o sentimientos por ser reiterativa y carente de imaginación, como un simple requisito burocrático.
Si analizamos los instructivos oficiales que normalmente acompañan al Calendario Escolar anual, observaremos que las indicaciones para los actos patrios están prescriptas de acuerdo a un ceremonial dentro del cual parece más importante el respeto al orden secuencial de los pasos a seguir que la vivencia del acontecimiento que se celebra.
La Leyes 23.555/24023/24360/24445, reglamentan los feriados fijos y móviles. Algunos quedan en la misma fecha, otros pasan al lunes indicado, con el propósito de alargar el fin de semana y favorecer el turismo. Con un sentido moderno y práctico, el hecho de disfrutar, los que pueden hacerlo, del tiempo libre, borra completamente de la memoria colectiva la importancia de la fecha. A esto deberemos sumar el que el sistema laboral actual tampoco acompaña al educativo, dado que la mayoría de la gente que tiene trabajo se encuentra afectada a sus labores cotidianamente y ni siquiera los feriados o el descanso dominical prescripto por la Constitución se respeta en función del sistema imperante.
Pero, más allá de cualquier consideración reglamentarista o circunstancial, la oportunidad de la celebración no se vive y, lo que es peor, no se siente.

Desde los Alumnos
La devaluación de los símbolos

Es una realidad dolorosa observar que los alumnos no cantan el Himno, olvidan (¿acto fallido?) colocarse la escarapela en las conmemoraciones y asisten, en las escuelas que todavía mantienen esta tradición, al izamiento y arriamiento de la bandera sin identificarse emocionalmente con ella como sucedía en otros tiempos, en otras generaciones, más impregnadas del orgullo y la identidad nacional. Es simplemente otro acto cotidiano dentro de la rutina escolar.
Grave diagnóstico tener que hablar de “rutina escolar” mientras que, desde las nuevas corrientes pedagógicas y desde el espíritu de la Reforma Educativa se insiste en la renovación constante, la creatividad y en el cambio de perfil de la escuela tradicional a un nuevo modelo dinámico, flexible frente a las constantes transformaciones de la sociedad posmoderna y el incesante movimiento que determina la incorporación permanente de nuevas tecnologías y avances científicos.
Otro elemento de rechazo se deriva indudablemente, de la identificación inconsciente de los símbolos patrios, himnos y marchas, con acontecimientos recientes que han
dejado heridas abiertas en nuestro pueblo, como la última dictadura militar y su trágica secuela y la guerra de las Malvinas y su contexto aún no suficientemente explorado ni asumido.

Falta de fe en el futuro del país

Las generaciones que forjaron nuestra nación durante las guerras por la independencia tenían claros sus objetivos. Las generaciones de inmigrantes que llegaron más tarde pusieron en nuestra tierra sus esperanzas y no fueron defraudados. Sus hijos se amalgamaron en una identidad nacional que buscaba un lugar destacado en el contexto mundial.
En ambas etapas, el país era vislumbrado como una tierra que ofrecía
fundamentadas esperanzas de crecimiento personal y colectivo. Un país grande, que llegó a tener a mediados del siglo pasado un futuro perfilado en la grandeza y una de las más avanzadas legislaciones de protección a los derechos del trabajados.
Pero hoy, después del proceso de globalización económica que colocó a nuestro país en su peor perfil periférico a lo largo de la historia, el horizonte parece cerrado por barreras insalvables.
En el discurso escolar tradicional, la patria era asimilada metafóricamente a la imagen de la madre que cobija y protege a sus hijos. Un país que no brinda oportunidades de inserción laboral y bienestar económico parecería como un padre que no brinda a sus hijos los medios para crecer y desarrollarse adecuadamente. Una madre que no escucha los gritos de sus hijos cansados de injusticia, desigualdad y corrupción, genera el rechazo.
Solón, uno de los sabios de la antigua Gracia, dictó leyes, según las cuales, todo padre debía darle a sus hijos un oficio, y encaminarlos en el ejercicio de unaprofesión porque de lo contrario, los hijos no tendrían obligación de mantenerlo en su vejez. Los hijos de nuestro país, invirtiendo el proceso inmigratorio de la Argentina aluvional, se van, paradójicamente, a buscar oportunidades de progreso en las tierras de sus abuelos. Podemos asistir al espectáculo con pena. No podemos juzgarlos.


Volviendo a Solón, podríamos preguntarnos si los padres argentinos en medio de la actual crisis tienen oportunidad de brindarles a sus hijos la adecuada educación que les permita insertarse en la estructura laboral y colaborar en refundar la grandeza del país.
Otro error fundamental que cometemos los argentinos es confundir el concepto de país o nación con el de gobierno. Un mal gobierno de turno no debería producir un decaimiento del patriotismo sino una toma de conciencia y una búsqueda de referentes válidos.

Poco interés por la historia nacional

En este punto es preciso poner énfasis en la responsabilidad que nos cabe a “ los que enseñamos historia “. En primer lugar, en el sentido de encontrar y arbitrar las estrategias necesarias para motivar el interés por adquirir saberes vinculados con la disciplina.
En segundo lugar, tropezamos con una realidad proveniente del sistema

que tampoco favorece la toma de una conciencia histórica. A partir de la Ley Federal de Educación, la Historia perdió su carácter de disciplina con perfil propio y quedó subsumida en el Area de la Ciencias Sociales. Su perfil se desdibuja indefectiblemente, más aún porque el sistema de Actos Públicos y la cuestión de las incumbencias permiten que docentes de otras disciplinas, por ejemplo, Geografía, se hagan cargo del Área sin contar con los conocimientos académicos específicos de la historia. Este problema fue denunciado por el Presidente de la Academia Nacional de la Historia en un artículo de Clarín publicado en el 2001.
Si bien es cierto que todo acontecimiento histórico se desarrolla dentro de un escenario geográfico determinado, que proporciona un valioso marco de datos estadísticos, cartográficos riquezas económicas, etc. sería deseable que ambas disciplinas recorrieran caminos paralelos pero no unificados.
Habría que esperar a los egresados de los Profesorados específicamente preparados para el Area de Ciencias Sociales para ver si la fusión puede dar un resultado positivo en el tiempo. En cualquier caso, el problema lo tenemos hoy y, en caso de seguir por el camino actual, en pocos años, se habrán perdido los conocimientos acerca de épocas y culturas fundamentalmente valiosas que no encuentran su lugar definido dentro del curriculum y que, paradójicamente, los alumnos reclaman como objetos de interés porque todavía la reminiscencia no se ha perdido o han adquirido noticias de ella por otras vías, por ejemplo, el cine o documentales de TV, tales como, los pueblos de Oriente, la época medieval, etc.
Otro factor necesario a considerar en este análisis es la influencia de las tendencias historiográficas que en el decurso del análisis destronan y entronizan héroes, de acuerdo con sus intereses y desde el marco conceptual de sus parámetros de apreciación. El disenso es saludable, pero si resulta excluyente se vuelve fundamentalista y cae inevitablemente en la distorsión.
Por ello, se hace necesaria una profunda reflexión que respete el marco de la libertad de expresión y no sectorice la historia en una lucha de héroes y demonios. Es preciso, al abordar el estudio de un personaje determinado, encuadrarlo en el marco de las circunstancias que le tocaron vivir, rescatar el valor de los procesos históricos integrales y no sacralizar ni anatemizar.
Hagamos una historia humanizada y olvidemos el bronce. El debate indudablemente enriquece, aporta nuevos descubrimientos, fomenta el juicio crítico y la investigación. Pero, lamentablemente, ha mirado algunas épocas de la historia desde un único ángulo y, tras un golpe de estado o un cambio de tendencia gobernante, la historia se expone desde la vereda de enfrente y cambia de óptica.
Las tendencias ideológicas convierten a los manuales escolares en el teatro de sus actuaciones, con la deliberada intención de «bajar línea» y deformar el criterio valorativo de los alumnos, a quienes pretenden orientar hacia el análisis y la libertad de expresión, alejándose paradójicamente de la objetividad que proclaman.

 

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