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Recorriendo una ciudad
milenaria, como Roma, resul-
ta relativamente sencillo reco-
nocer los vestigios que fueron dejando quienes la habitaron a través de los siglos. Aunque tantos fueron los hechos y los actores de acontecimientos importantes y singulares, que muchos sitios necesitan de un decodificador memorioso para ubicar tantos sucesos.
Haciendo una comparación con Buenos Aires, y resguardando las distancias entre actores y acontecimientos, bien vale reconocer que mucho se ha borrado, haciendo desaparecer construcciones y elementos que pudieron dar testimonio del paso de los siglos...
Cabría, tal vez, aceptar que también esa inexistencia o desaparición tiene que ver con lo que es y fue la ciudad, y tiene el valor de ser testimonio de quienes la fueron habitando y del tipo de ciudad que fueron queriendo construir. Premisa que, sin dudas, es válida para cualquier ciudad del mundo y demostración de la evolución de la cultura que le da sustento.
Tratándose de Buenos Aires, entonces, y en virtud del proceso de demolición y construcción que fue marcando su transformación, resulta necesario situar y señalar los lugares donde se produjeron distintos acontecimientos y que formaron parte del legado cultural de esta urbe.
Veamos algunos:



Ana Díaz
En la esquina sudoeste del cruce de Av. Corrientes y calle Florida, se ubica el solar que Juan de Garay concediera a Ana Díaz, único entregado a una mujer cuando hiciera la repartición de tierras en el momento de la fundación de la ciudad en 1580.
Una pequeña placa de bronce mencionaba este hecho, adherida a la pared de la tradicional marroquinería Mayorga (hoy desaparecida), donde tantas mujeres porteñas completaron su vestuario con accesorios de excelente calidad, como testimonio de la riqueza de esta tierra.

Plaza de Toros
En Avenida Belgrano y Bernardo de Irigoyen se construyó la primera Plaza de Toros que tuvo la ciudad (recordemos que hasta ese momento las corridas se llevaban a cabo con una improvisada empalizada que se levantaba en la Plaza Mayor, frente al Cabildo). Comenzó sus actividades en 1791, y ocho años después, en 1799, fue ordenada su demolición por causa de las innumerables quejas de los vecinos, quienes alegaban “falta de seguridad, abrigo de malhechores y gentes de mala vida, y falta de salubridad”.
Estos comentarios no son muy distintos de los que puedan hacer los actuales vecinos del barrio.
La siguiente y última plaza de toros que tuvo la ciudad, estuvo en Retiro y funcionó hasta 1819, cuando se suspendieron definitivamente las corridas de toros. Aunque, durante muchos años, hubieron intentos para que continuaran, pero la prohibición se convirtió en ley de la Nación.

El circo
En la manzana que actualmente ocupa el Departamento Central de Policía (Av. Belgrano, Solís, Moreno y Ceballos), que fueran tierras de la quinta de Maza, se levantaban periódicamente las carpas de los circos que visitaban la ciudad. Uno de los que más la frecuentaban era el de los Podestá-Scotti, donde actuaba el célebre payaso “Pepino el 88”, allí se representaron las famosas pantomimas que se señalan como el origen del teatro nacional.
La elección de ese predio para el Departamento Central de Policía no es carente de sentido, aunque nada tenga que ver con el nacimiento del teatro ( por la zona se levantaron muchos y la policía tuvo un importante papel en el control del orden público cuando los “niños bien” alborotaban la noche porteña a la salida de las funciones). Cabe recordar que, muy cerca, en la actual Plaza Lorea, se encontraba el destacamento del Cuerpo de Bomberos ( ya que en la actual plaza se situaba el gran tanque de las Aguas Corrientes), el Escuadrón de Seguridad y luego la caballeriza de la Policía. Por eso, que en 1888 se inaugurara un importante edificio para la Policía en las cercanías, estaba reforzando un hecho previo.

Plaza Garay
En este tranquilo y arbolado espacio verde, a la sombra de un sauce, descansó J.M. de Rosas, regresando, vencido, de la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852). Allí redactó la renuncia al cargo de gobernador que

le hubiera otorgado la Legislatura, se cambió su uniforme militar por sencillas ropas de paisano y organizó su discreto ingreso a la ciudad para poder embarcarse rumbo a Inglaterra.
Solo se conserva el carácter paisajístico del lugar, ya que el crecimiento urbano poco puede decirnos de un refugio suburbano y alejado adecuado para las necesidades de un guerrero en retirada.

Plaza Constitución
En el gran espacio que ocupa hoy la plaza funcionó, desde 1857, el llamado mercado de Constitución ( el nombre puede hacer referencia a las constituciones de 1819, 1826, y 1853; o a la palabra “Constitución”, considerada como una expresión general y simbólica de lo que se entiende por Carta Fundamental, como instrumento indispensable para regir todo pueblo organizado. También se adjudica a la constitución del Estado de Buenos Aires en 1854, recordemos que para esa fecha la ciudad estaba separada del resto del país recientemente organizado).
El Mercado fue un espectáculo colorido y ruidoso, no carente de desorden y suciedad, por donde circulaban diariamente individuos de los más variados aspectos e intereses, tal vez no muy distinto del aspecto actual.
La autorización para la construcción del nuevo ferrocarril al sur significó un cambio sustancial para el Mercado, ya que dio un ordenamiento urbanístico a la zona, que fue plasmándose con el paso de los años: para 1866 ya se había levantado el primitivo edificio de la estación y 116 kilómetros de vías, que llegaban hasta Chascomús, y una línea de tranvías a caballo que vinculaba la “alejada”estación con el centro de la ciudad, llegando hasta Lima y Moreno.
El ferrocarril fue alejando las carretas del mercado, pero no la actividad mercantil que allí se desarrollaba, sino todo lo contrario, se acrecentó, dando un nuevo impulso a la zona.
Recién en 1884 el predio comenzó a tornarse en una plaza urbanizada en concordancia con la transformación que estaba sufriendo la ciudad, y que acompañó al nuevo y victoriano edificio del ferrocarril inaugurado en 1887, hoy en proceso de restauración.
Si bien el mercado desapareció como tal, la esencia del predio se mantiene vigente.
La afirmación que dio inicio a estas líneas sigue en pié. La ciudad va evolucionando, pero nada cambia radicalmente en su esencia. Nada existe sin razón profunda en una ciudad, basta con escarbar un poco para encontrar los orígenes que justifican y dan sentido a cada rincón olvidado, aquellos que muchas veces el diario trajín de las gentes y los hechos hacen pasar inadvertidos.

Por Lic. Elisa Beltritti
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