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A medida que el volumen de información aumenta a ritmo vertiginoso, supera nuestra capacidad de procesarla en sistemas significativos. Se está generando así un curioso modo de conocimiento sin sujeto, dado que esta información pasa directamente a la memoria de las computadoras sin que sea registrada por ningún cerebro.
Al Gore da el nombre de exformación, y no de información, a esta forma de conocimiento. En efecto, el término in-formarse antepone el prefijo «in» al núcleo «formación». Esto significa que incorporar información no es solamente acumular datos: implica a su vez un proceso por el cual el individuo se forma, es decir, se educa, se realiza como persona, se eleva como portador de cultura.
Como persona in-formada, tiene la capacidad para procesar los datos desde códigos singificantes, y traducirlos en sistemas de conocimiento, en teorías.
Pero el reemplazo el prefijo «in» por «ex», hace referencia a un proceso que nos des-informa, o aún, que nos de-forma. No nos educa, ni nos instala como seres portadores de cultura, simplemente, porque hay carencia de esquemas conceptuales que nos permitan procesar el volumen creciente de información.
Es así como esta situación comienza a obstaculizar el proceso que convierte la información en conocimiento.
Podría pensarse, sin embargo, que esa información no molesta, que simplemente está allí, archivada, disponible, para cuando llegue el momento de utilizarla. Con el poder de procesamiento de datos de las computadoras, pareciera que podríamos manejar cualquier volumen de información sin ninguna dificultad.
Pero esta opción encierra otro problema: ¿Desde qué perspectiva, desde qué marco teórico, desde qué supuestos conceptuales, mediante qué códigos descifraremos esa información? Porque la selección, clasificación y sistematización de la información exige un marco conceptual que no está al mismo nivel que los datos. Se trata de los presupuestos básicos, de las valoraciones subyacentes y de los marcos de contextualización que están en la base del pensamiento racional y simbólico.
El modelo educativo que hemos heredado enmascara esta situación. Más aún, maneja un marco conceptual no explicitado, reduccionista, fragmentario y lineal, que condiciona en forma in-consciente nuestro tratamiento de los problemas.
El problema reside en que la visión
unilineal, fragmentaria del conocimiento, como observa Edgar Morin, no es inofensiva: tarde o temprano desemboca en acciones ciegas y arrastra consecuencias incontrolables.
La crisis del mundo actual es un reflejo patente de esta situación: en efecto, a pesar de la magnitud y la extensión de la ciencia y la tecnología, a pesar del poder de la industria y del aumento de la producción, los graves problemas que padece la humanidad: pobreza, marginación, violencia, drogadicción, deterioro ambiental, pérdida de la biodiversidad, no han podido ser resueltos.
Es aquí que debemos detenernos a cuestionar, no sólo la cantidad de nuestra información, sino los marcos teóricos desde donde procesamos los datos, elaboramos un diagnóstico correcto y proyectamos una solución.
En efecto, para responder enérgicamente a una crisis, se requiere un profundo replanteo de nuestras ideas.
¿En qué consiste el nuevo planteo de Edgar Morin? ¿Cuál es su modelo de racionalidad? ¿Cómo incide en el proyecto educativo?

El paradigma del pensamiento complejo


Si algo nos ha revelado el proceso de globalización es la interconexión de los problemas en el contexto planetario. Es por ello que la racionalidad unidimensional, al fraccionar y aislar los problemas, no puede generar soluciones. En esta situación, el desafío del pensamiento complejo se intensifica.

Se requiere plantear los problemas desde una nueva óptica.
Así la estrategia epistemológica de Edgar Morin apunta a un encuadre teórico que no enfoca los hechos como fenómenos estáticos y aislados, sino como procesos dinámicos de interacción. A su vez, le interesa la forma en que estos procesos se autoorganizan e interactúan a través de las tensiones entre sus componentes, en una red de complementariedad y antagonismo. En este sentido, su pensamiento es dialéctico.
Podemos aclarar este aspecto mediante un ejemplo: El pensamiento analítico aísla las instancias y evita la contradicción. Para el pensamiento analítico, por ejemplo, los conceptos de autonomía y de dependencia son términos contradictorios. Sin embargo, la noción de autonomía humana es compleja, y depende de condiciones culturales y sociales. En efecto, no podríamos lograr autonomía antes de aprender un lenguaje, una cultura, un saber. Nuestra autonomía se nutre, por lo tanto, de dependencia: de una educación de una sociedad, de una cultura. Dependemos de un cerebro, y de nuestra herencia genética. Sin embargo, tenemos la capacidad de tomar distancia, y de ejercer nuestra libertad de decisión más allá de los condicionantes sociales, culturales, genéticos...
Autonomía y dependencia deben ser visualizados entonces dentro de un proceso de compromisos y antagonismos entre instancias contrarias, pero que sin embargo se generan mutuamente en un juego de tensiones.
Pero no sólo hay interacción: hay también retroacción de los procesos en circuito. Edgar Morin alude a este proceso de feed-back mediante el esquema de bucle recursivo, que genera un efecto de torbellino, en que cada instancia se manifiesta como producto y productora de las demás. Este efecto puede visualizarse, por ejemplo, entre las instancias que incidieron en la articulación del paradigma de la moderna sociedad industrial: las dimensiones científicas, económicas, jurídicas, educativas, culturales, etc., no sólo interactuaron, sino que se alimentaron unas de otras y se reforzaron mutuamente.
De este modo, se rompe el modelo causalista lineal, que será definitivamente desplazado por la idea de holograma: el principio hologramático significa que cada elemento de un sistema es portador de la totalidad de información del sistema.
Es así que debemos enfocar, por ejemplo, cada objeto o instrumento no como una cosa aislada, sino como una red: un automóvil, para dar un ejemplo, no es simplemente un vehículo. Requiere combustible, por lo que su uso lo involucra con las empresas petroleras. Ha sido diseñado y fabricado en un taller, lo que supone el sistema industrial. Necesita ingenieros, mecánicos y técnicos que lo armen y lo arreglen, lo que supone una instancia educativa y una estructura tecnocientífica, supone una red vial de autopistas y carreteras, su compra y venta implica un sistema monetario y financiero.
De este modo, cada instrumento articula la totalidad del sistema tecnoeconómico, y su uso nos involucra con esa totalidad.
Por otra parte, este sistema no es una entidad que opere en el vacío. Implica una cultura, sus valores, pautas y códigos, sus supuestos subyacentes, que normalmente aceptamos sin una crítica reflexiva. Es por ello que toda transferencia tecnológica comporta al mismo tiempo transferencia cultural.
Podemos sintetizar esta propuesta epistémica de este modo:
. Para el pensamiento analítico, reductor, simplificador, cada cosa es lo que es
. Para el pensamiento complejo, nada es lo que es; todo es más de lo que es.
En cada molécula existe un holograma del universo.

 
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