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LA MODULACIÓN DEL CONFLICTO Y LA PRAXIS PERJUDICIAL.

      La praxis profesional cuando aborda la familia desde lo puramente científico fracasa palmariamente, precisamente por partir de un repertorio insuficiente e inabarcador: no todo es ciencia porque siempre hay mucho de arte, pero primordialmente se requieren otros saberes.
       Tratándose realmente del máximo evento que es la misma vida humana, inserta en la complejidad del mundo actual, la primer respuesta realizable para la comprensión (comprehensión) humana provendrá de las humanidades y no de la fragmentación del conocimiento.
       El ser humano no es un fragmento ni una cosa inerte, es un todo coherente con un estilo de vida. Sus enigmas enpalman con la inperfección humana que la sabiduría a través de sus constituyentes -la verdad, el bien, la belleza y lo sagrado- va fecundando y completando.
       En abierta oposición al omnívoro y reduccionista saber especializado, a lo que se le añaden las debilidades profesionales en un marco signado por un cambio total de paisaje que cimbra el sistema referencial vigente, la vuelta al humanismo es una propuesta válida que se plantea en el gozne mismo del curso histórico, en el salto cualitativo que devuelve al individuo al reino de la responsabilidad.
       Cabe recordar además que la crisis de valores en cuanto a los expertos en asuntos de familia y más allá de su esfera personal se filtra en el ejercicio de sus funciones, lo que se constata a través de las debilidades profesionales.
       En tal sentido la ineptitud, la soberbia, el retorcimiento mental y el rebuscamiento intelectual, el afán de lucro, la búsqueda de éxito, la falta de humanismo profesional y de responsabilidad social implican un altísimo costo cuyo precio -lo único barato es el dinero- lo pagan quienes resultan re-victimizados en el conflicto familiar y también la sociedad que es reflejo de la familia.
       La responsabilidad y la solidaridad - intercambiables y fuentes de la ética- no pueden ser reemplazadas por lo utilitario (que no es lo útil), ni por lo meramente oportuno, sobre todo en tiempos de gran vacío moral por afrontar.        Concomitantemente, el descompromiso y el éxito profesional permean colectivamente a los expertos quienes en el horizonte social están en sobresaliencia a las partes, precisamente por las funciones institucionalmente asignadas por la sociedad, configurando dentro del conjunto societal una red de poder.

       En la modulación del conflicto familiar la intervención profesional -que incluye los llamados equipos interdisciplinarios- resulta decisiva dado que actúa en el apogeo del desfasaje habiendo comúnmente otros afectados, desde que la familia es un entramado cuyo nudo primario es la pareja axial y sus hijos.
       En gran medida del experto depende que el conflicto resulte una experiencia constructiva o destructiva, beneficiosa o perniciosa y que a partir de lo individual y único la sociedad colectivamente se fortalezca o erosione.
       A menudo la destructividad anotada es el lastre de conflictos en realidad inexistentes o neutralizables pero mal modulados, por eso de que cuando el genio sale de la lámpara no vuelve a entrar.
      El ejercicio de la profesión -con  más razón en asuntos de familia- no debe ser una secuencia de preciosismos, de sutilezas, con trampas a cada momento, en donde se destaca el más astuto, ni que la debilitación del contrario o la prolongación del statu quo determinen la suerte del caso.
       Debe haber transparencia en el desempeño, asumiéndose una actitud sincera y comprometida con la búsqueda de la verdad cuya directriz ha de ser causar el menor daño posible y que no se corone al que mejor maneje el arte del birlibirloque.
       El experto, a diferencia de los comedidos de otrora, ahora no es de palo, por aquel dicho popular de que en las cosas de familia los de afuera son de palo. Es un extraño a los protagonistas, sin afectividad alguna a su respecto, a quien no roza la marcha del proceso ni su culminación, interviniendo desde su competencia (praxis) pudiendo válidamente obturar -como en lo pragmático ocurre- las fortalezas naturales de la familia, cuya virtualidad descolocaba al prudente de antaño.
       En su desenvolvimiento también está indemne justamente por estar cumpliendo con las funciones institucionalmente asignadas por la sociedad pero sí puede incurrir en praxis perjudicial, que no es ni buena ni mala, pero perjudica (y cómo!).
       A mayor abundamiento -y a pesar- el experto emerge de la resolución hasta prestigiado porque su quehacer es funcional con el modelo vigente.
       Respecto al actual estado de cosas pueden haber otras miradas y concebirse otras representaciones -o modelos- del mundo, únicamente perceptible desde un esclarecimiento diagonal que marque otras direcciones, una dirección auténticamente pro-homine, que paralelamente apuntale la sociedad: Cada familia que se rompe agrieta a la sociedad, cada re-ruptura la resquebraja más; una sociedad en ruinas no le sirve a nadie y tampoco a los expertos.

 
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