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      Si bien cada época es válida en sí misma desde que cada una presenta sus propios títulos de justificación, en el zócalo de una era adviniente faltan y se demandan dichos títulos, diríase fundantes, legitimadores. Cualitativamente se ha producido un quiebre que abre una especie de abismo entre un pasado que no se considera vigente e influyente y un futuro que todavía no está constituido por lo que hay una solicitación de pensadores, identificadores, punteros.
       La familia y su problemática requieren el abordaje desde la multi, inter y trans-disciplinariedad pero no solo desde los saberes científicos específicos, sino también desde el humanismo como fuente inagotable de sabiduría, desde que la familia es mucho más que todo lo que puede decirse de ella.
       Una familia que está viviendo serias dificultades no es prima facie una familia enferma como parecería serlo si se la somete -sin otra alternativa superadora y de instancia previa- a los equipos interdisciplinarios.
       Puede tratarse de una familia desorientada, más aún en tiempos de anomia y perplejidad manifiestas, en que la misma crisis apareja desconfianza y desesperación en la urgencia para encontrar la salida; sin embargo, tratada como enferma posiblemente lo será.
       La sociedad en su conjunto no puede estar enferma y, de así considerarse, habría entonces que rever los criterios sustentadores, acaso replantear el propio imaginario social y lo concebido desde una especificidad epocal y cultural, presuntamente agotada.  
      Apareja poner en tela de juicio la relación e interacción entre la regla y la excepción, la disimilitud entre el caso y la anécdota, la vigencia del mismo sistema referencial o lo más radical que sería revisar si el ser humano ha mutado.
       En materia de asuntos de familia los especialistas parecen olvidar o no saber que estudios realizados han demostrado que en lo cotidiano o normal como en situaciones de extrema disfuncionalidad la familia genera sus propios recursos para adaptarse y emerger de la crisis con fortalezas insospechadas.
       Sabido es que cuando se opone una resistencia a un principio se multiplica la fuerza que lo impele y busca la salida por otros conductos o sea que lo único que se logra es obligarlo a desviarse pero no se lo logra atajar.
       La inadecuada modulación de la controversia familiar la ahonda por producir el forzamiento o el entorpecimiento de procesos que tienen su propia evolución siendo un dato verificable que las familias no

son estables, que se transforman continuamente, pero que en su funcionamiento interno la familia exhibe su capacidad cocreadora, de estructura dinámica y cambio constante.
       De igual modo el cuerpo humano está compuesto en un veinticinco por ciento por defensas resultando empíricamente verificable que ningún organismo está preparado para recibir el medicamento -o tratamiento- innecesario o inapropiado porque obtura los recursos que la naturaleza le ha provisto para su recuperación y termina destruyéndose (Peor el remedio que la enfermedad).
El punto de partida de toda controversia de familia es siempre un desentedimiento que se produce en la dimensión personal: son los avatares propios de la vida acentuados por la incapacidad para manejar el propio dolor y el conflicto, la contradicción y las ambigüedades del vivir, entre muchos factores interactuantes; en suma, vivir es amar, sufrir, madurar, aprender!
       Y como las ramas de un árbol que se van en vicio, el desencuentro tiende a crecer -y en escalada- marcado por el elemento dialéctico de la entropía que genera desorden en tiempos en que han desaparecido dentro y fuera de la familia las virtudes reguladoras como la paciencia, la conformidad, la aceptación, la sobriedad, en un contexto de incertidumbre, laxitud de los controles sociales y de mucha menor religiosidad.
       Podadas a tiempo -o en la estación oportuna- las ramas superfluas no acaban con el árbol sino que lo revitalizan por eso la familia en su itinerario vital despierta cada vez que es necesario las ínsitas posibilidades de reacomodamiento y salvación, resortes enclavados en lo más insondable de la misma relación vincular.
       Resolver un conflicto no es mal-resolverlo porque no se le pone fin a lo que no se le da final; es en lo empírico potenciar el malestar, dejar que la familia se deteriore al punto de que su desintegración socava los pilares mismos de la sociedad de la que es contributo.
       La salud o la armonía no se logran a través de soluciones prefabricadas o estandarizadas sino mediante un verdadero esfuerzo de invención y creación a partir del cabal conocimiento de la realidad que se enfrenta y afronta que es nada menos que el fenómeno de lo humano.

 
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