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INTRODUCCIÓN

Muchas veces la destructividad de los conflictos familiares resueltos que se endilga a las partes es consecuencia de la desacertada modulación de la controversia.
       Es más, rupturas calificadas de destructivas eran absolutamente evitables pero la discordia en el conflicto abierto fue introducida por los propios moduladores (*), la que en su resolución se convierte en destructividad cronizándose en el post-conflicto.
       Desatendiendo las verdaderas causas del problema los operadores reprimen sus efectos antes que atacar sus raíces produciendo heridas irreversibles, a punto tal que las controversias oficialmente resueltas conectan más con una supuesta seguridad que con la solución propiamente dicha: no es infrecuente que los problemas se profundicen expandiéndose en haces aleatorios.
       La percepción de lo que sucede en el campo de la familia, por la generalización de la ruptura constatada en los últimos años, muestra a la sociedad como conglomerados de víctimas que se re-victimizan entre sí -hasta en su intento por salir de su victimización- circunstancia que obliga a proponer una perspectiva de discrepancia para un cambio constructor.
       Lo no cierto que puede ser tomado como cierto -y viceversa-; la resistencia de quien se ve atacado en su derecho -o su razón-; la instintiva autoconservación y la defensa de la existencia moral que la persona tiene a su cargo enhebran la discordia y la destructividad a través de la i-rresponsabilidad sin rendición de cuentas.
       La realidad muestra que en lo individual la vida no hace concesiones y que en lo colectivo el mundo no tiene un único modelo de representación.
       Si bien hoy el contrapunto dialéctico es la cultura de la paz, la misma demanda una cultura previa y lógicamente anterior que es la de la responsabilidad como medio y puente para lograr la paz, de la que todos -sin excepción-, de un modo u otro, somos cultores, aun desde la indiferencia, la ignorancia, la resistencia o la ajenidad.

LA FAMILIA Y SU FUNCIÓN EN LA HISTORIA

       La familia es el ámbito donde el hombre nace, vive, ama y muere, ponderado unánimemente como insustituible.

       Si bien la familia como concepto es una noción acuñada en Occidente existiendo otras estructuras de parentesco y formas familiares sin lazos de parentesco, las grandes transformaciones operadas, algunas de las cuales se extendieron al resto del mundo sin abarcarlo en su totalidad, en medio de procesos en curso, dificultan la conceptualización de la familia.
       La familia -como es conocida hoy en día- es diferente de la forma que asumía en siglos pasados y será distinta de la de este siglo, como a la del próximo. Se estima así porque la costumbre vital cambia conllevando otros criterios de normalidad y de moralidad, sin perjuicio de que perdurará como unidad básica en la formación del hombre y soporte de la sociedad, sin que pueda perderse de vista que intentos de abolir la familia fracasaron.
       El papel de la familia en el devenir de la humanidad es fundamental por ser la única institución que subsiste a punto tal de que siempre se han registrado formas de organización similares a la familia, de acuerdo -claro está- a las condiciones históricas.
       Dos funciones de la familia, a pesar de sus diferentes acepciones y propuestas nocionales, siguen siendo irremplazables: socialización y protección psico-afectiva de sus miembros, aun cuando varias funciones salieron de la órbita de la familia y otras se cumplen con ajustes, desde que la crianza le sigue siendo propia y exclusiva.
       La formación de los hijos resulta ser una función de honda repercusión en la dimensión social, a partir de la dimensión personal en el primer y nato marco referencial del hombre que es su familia, en tránsito hacia otros marcos referenciales en los que se va insertando en su paso por la vida dentro de la sociedad institucionalmente construida.
       Los hijos -y con más razón cuanto más pequeños en que son indefensos absolutos- son mucho más que alimentos y cuidados, aunque hasta de éstos muchos progenitores se desentienden, como si aquéllos no fueran seres humanos de su pertenencia y absoluta responsabilidad o solo valieran como moneda de cambio.
       El hospitalismo a través del cual los niños reciben meros cuidados sanitarios pero impersonalmente y sin afecto es verdaderamente un gran mal.


 
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