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para la conciencia. Esa legitimación será la tarea del método científico. Sólo se retendrá del mundo exterior aquello que se puede “objetivar”, esto es, cuantificar, medir, calcular y predecir. Aquello que no puede ser sometido por la actividad objetivante será negado, considerado “no relevante”, devaluado. El sujeto cognoscente se transforma, entonces, en conciencia posesiva.
       La actividad racional se manifiesta como voluntad técnica de control; la relación con la naturaleza en apropiación y explotación; la ciencia en empresa técnica, en función de la expansión de la producción.


Tecnociencia y Producción Capitalista

       La razón se fue delimitando y comprimiendo cada vez más como razón científica y la ciencia fue restringiendo cada vez más su método y su función a las operaciones de la producción mecanizada.
       La necesidad de subdividir las etapas de la línea de producción, de privilegiar las operaciones de manipulación y control, de reducir el conocimiento a un modelo funcional, fueron adaptando cada vez más la racionalidad a la lógica de la máquina artificial. Como señala Edgar Morin, sus caracteres: eficacia, predictibilidad, calculabilidad, especialización rígida, rapidez, cronometrabilidad, se impusieron primero en la industria y desde allí se expandieron a la vida cotidiana: regulan los viajes, el consumo, el descanso, la educación, la comida.
       La tecnociencia se ha convertido en la principal fuerza productiva. Desde ahora, lo que importa es la productividad del saber.
       Este, a su vez, advierte Edgar Morin, está cada vez menos hecho para reflexionar sobre sí mismo y cada vez más hecho para ser engranado en las memorias de las computadoras y manipulado por potencias anónimas. Los científicos no controlan las consecuencias de sus descubrimientos, ni el sentido y el alcance de su investigación.
       Esto crea, afirma Morin, una nueva ignorancia ligada al desarrollo mismo de la ciencia, una nueva ceguera ligada al uso degradado de la razón.
       La mayor amenaza está hoy ligada al progreso ciego e incontrolado de un paradigma de racionalidad simplificante y reduccionista, que produce una hiperespecialización que ignora las articulaciones de los distintos saberes, así como el contexto en el que ese saber transcurre.
       Esta visión mutilante y unilineal no es inofensiva: tarde o temprano genera efectos

irreversibles sobre el tejido social y sobre el ecosistema de la tierra.
       A su vez, los procesos tecno-científicos vinculados con la economía capitalista están comprometidos en una carrera de hiperproductividad, cuya aceleración produce el quiebre de los ecosistemas de la tierra. Este proyecto desmesurado destruye, uno a uno, los sistemas de defensa del organismo planetario.


La Temporalidad. El Impulso Acelerador

       La tendencia expansiva del tecnocapitalismo puede verificarse en ciertos ejemplos espectaculares. Toffler menciona que la mitad de toda la energía consumida por el hombre durante los últimos dos mil años lo fue en el
curso del último siglo. En las sociedades avanzadas, la producción total de artículos y servicios se duplica cada quince años, período que se acorta cada vez más, en un ritmo acelerado.
       La aceleración, como afirma J. Rifkin, es una noción temporal madurada y alimentada en la era industrial.
       El impulso acelerador conduce a la conversión de la lucha política y económica en una lucha por el control del tiempo. Pero, como advierte Rifkin, esta cultura del cambio y la velocidad nos priva de lo que más valoramos. Irónicamente, el ahorro de tiempo que produce la automatización ha reducido el tiempo libre.
       El ritmo frenético de producción y de consumo ha agotado los ecosistemas. De esta manera, afirma Rifkin, el empeño por ahorrar tiempo provoca la eliminación del futuro.       
       Hasta la época moderna, el concepto del tiempo reconoció una relación íntima entre los ritmos de la vida social y los ritmos de los ecosistemas de la tierra. Los tiempos de la naturaleza unifican los mundos físico y biológico en un tejido temporal sincronizado. Nuestro organismo es parte de la naturaleza y está adaptado a sus ritmos, la salida y la puesta del sol, los flujos de las mareas y los cambios de las estaciones.
       Pero el marco temporal que hemos creado nos vincula con la dimensión temporal cuantitativa y acelerada de los artefactos mecánicos y los impulsos eléctricos. El tiempo vivido se transforma en utilidad pura. Aunque instrumento mecánico, todavía el reloj mide el tiempo con relación a la percepción humana. Podemos percibir en nuestra conciencia un minuto, un segundo, una décima de segundo.

 
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