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Para encuadrar los problemas ecológicos de los que se ocupara, Al Gore, en el prefacio de su libro La tierra en juego, introduce el concepto de choque del sistema civilizatorio con el ecosistema de la tierra.
       Cuestionar el sistema civilizatorio no significa meramente establecer meras regulaciones dentro de los mismos presupuestos operacionales, sino cambiar radicalmente los presupuestos mismos.
       En palabras de Al Gore, para responder enérgicamente a una crisis se requiere un profundo replanteo de las ideas.
       En otros términos, como ya lo advirtiera Th. Kuhn, en momentos de una crisis profunda en un sistema de conocimiento, deja de ser posible resolver ciertos problemas dentro de los parámetros del paradigma en que uno se encuentra teóricamente situado. Es entonces el momento de pensar, ya no en multiplicar las respuestas, sino en cambiar el lugar de los mismos planteos.
       Si, con Al Gore, adherimos al punto de vista de que el problema ecológico es un problema civilizatorio, debemos comenzar a reflexionar en profundidad sobre los conceptos subyacentes que sostienen a esta civilización.

       Estos supuestos son, esencialmente, los conceptos de conocimiento y de racionalidad, de tecnología, de naturaleza, de hombre, de economía, entre otros. Y a su vez, estos conceptos están articulados entre sí, formando un sistema de implicaciones mutuas.

Conocimiento y Racionalidad


       Se trata de superar el paradigma de racionalidad cartesiano que ha dominado en Occidente desde el siglo XVII. Desde entonces, un núcleo paradigmático profundo rige los principios de organización de la ciencia, la economía, la sociedad y el Estado. En estos ámbitos se manifiesta la misma reducción al orden, el cálculo, la manipulación, la disociación de la realidad en ámbitos disgregados. La crisis actual, en definitiva, es la crisis de este gran paradigma.

       En efecto, la época moderna concibe el conocimiento y la racionalidad en abierta oposición a la antigüedad griega. Este cambio remite, en definitiva, a la profunda transformación de la relación fundante del hombre con el mundo. La antigüedad concibió esta relación en términos de participación del hombre en el orden racional del cosmos. Por consiguiente, el conocimiento tenía como supremo objetivo elevar al hombre hacia ese orden, a fin de armonizar su vida individual y social con el ritmo universal del logos. En eso consistió la theoría, forma suprema de la praxis.        Pero la época moderna reemplaza la vocación de integración por la de dominio y explotación. Este cambio se expone con claridad en el aforismo baconiano: “saber es poder” (Novum organum, aforismo III), o en la aspiración cartesiana de “convertir al hombre en dueño y señor de la naturaleza” (Discurso del método, 6ta. Parte). En el ideal de una naturaleza dominada, coinciden la ascendente sociedad industrial y la nueva ciencia moderna.
       Si antes el hombre buscaba participar en el orden universal, desde ahora buscará poner ese orden a su servicio. Ampliar el poder del hombre sobre el universo seráconsiderado desde ahora, según Bacon, la forma más excelsa de ambición.



El Concepto de Naturaleza y la Antropología Subyacente


       El éxito de la ciencia moderna supone, como ya lo había advertido Kant, un andamiaje conceptual a través del cual se proyecta previamente qué ha de entenderse por “naturaleza”: el físico interroga a la naturaleza reduciéndola, previamente, a los aspectos susceptibles de ser calculados, medidos y controlados. A pesar de las diferencias con la física clásica, este modelo sigue vigente en la ciencia actual. También para Max Planck: “es real lo que se deja medir”. Para que la racionalidad científico-tecnológica pueda operar, la naturaleza dejó de concebirse como un organismo viviente, del que formamos parte, para convertirse, en “sustancia extensa”, (Descartes), masa neutra de átomos a la espera pasiva de ser puesta a disposición del hombre.
       La naturaleza dejará de ser concebida como Physis, potencia generadora de vida, que se despliega en sus formas inmanentes, para ser enfocada como una “enorme estación de servicio” (Heidegger), o, en palabras de Al Gore, como un “gigantesco banco de datos que puede ser manipulado a voluntad”; como una simple “suma de recursos”.
       El hombre, a su vez, se concibe a sí mismo como dueño del universo. El sujeto cartesiano coloca al ego como fundante, pero este fundamento se consigue a costa de separar hombre-mundo, sujeto-objeto. El mundo exterior pierde densidad ontológica para convertirse en mero ser-representado ante un sujeto. Desde ahora, este mundo exterior deberá legitimar su exsistencia como objeto

 
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