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mismo tiempo, corresponde ir adquiriendo las nociones de tiempo, espacio y movimiento, todo a través de ejercitaciones técnicas. Llegamos así a la conclusión, de que la mejor edad para comenzar la práctica de fútbol son los seis años, pero sin olvidar que cada niño es un caso en particular y debe atendérselo como tal.
       Las escuelas de fútbol en la práctica no siempre tienen muy en claro este concepto por lo que urge un replanteo del sistema de trabajo.
       En los clubes existe en general una tendencia al éxito, lo que significa que interesan más los resultados obtenidos en la confrontación deportiva que el objetivo fundamental, que el niño aprenda a jugar y gustar del deporte fútbol.
       Toda persona que aprende algo nuevo debe experimentar, estudiar, analizar, observar, ejecutar y corregir, sobre lo que se presenta como nuevo. El aprendizaje del fútbol no escapa a esta regla. Cada individuo tiene su tiempo, en cuanto al deporte a aprender, para internalizar y poner en funcionamiento las estructuras del movimiento. Muchas veces con el afán de conseguir resultados, se exige la ejecución correcta de un movimiento, no otorgando el tiempo necesario al niño para que experimente y perfeccione la mecánica del mismo. Es importantísimo no quemar etapas, porque de esta forma obtendremos como resultado un niño carente de experiencias que, por presentar mermas de tipo técnico, abandona el deporte con la correspondiente cuota de frustración o resulta un deportista de elite con fallas técnicas graves, no por falta de condiciones, sino por carencia de experiencias motrices, que son las únicas que en definitiva ayudarán a la creación de técnicas estructurales más perfectas.

       Al hablar de resultado caemos siempre en la cuestión de si es buena o mala la competencia. Yo siempre pregunto, ¿qué es en definitiva el juego de las figuritas en el recreo escolar; o el del “ladrón y el policía”; o tantos otros juegos que a diario realizan los niños?. Debemos convenir que en todos existe la competencia, pero también cabe preguntar, ¿si el niño juega a las figuritas con quién es muy superior o intenta jugar con quién se halla en igualdad de condiciones y en la medida que va perfeccionando su juego confronta con otros niños?. Volvemos a coincidir que elige el segundo camino. En el deporte debe suceder lo mismo, el niño debe confrontar fuerzas en una batalla deportiva en condiciones similares a las de su contrincante.
       La competencia motiva a quien la realiza, a superarse cada vez más. Lo importante es no acelerar el desarrollo normal del deportista. Si alguien no ha podido asimilar un determinado movimiento, menos todavía va a poder ejecutarlo y si a esto le sumamos que en el deporte muchas veces se debe adaptar el movimiento a una situación, estamos frente a la realidad. Se les exige a los niños más de lo que pueden brindar.



Lic. Eduardo Espona
Facultad de Motricidad Humana y Deportes
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